domingo, 20 de julio de 2008

Madre de Dios V

- A ver la mano. Venga no seas tonta, enséñamela.
Rosita extendió la palma de la mano herida. El padre la tomó y la examinó con ansiedad como si pudiese ver en ella su destino. – No ha sido nada solo un arañazo aquí- dijo recorriendo con un dedo la herida lentamente. El gesto sorprendió a Rosita, pero no retiró la mano. El padre enrojeció y soltándola comenzó a darle órdenes acerca de la limpieza de la iglesia mientras se alejaba por la nave con cien hormigas corriéndole por el pecho. A Rosita le gusta estar en San Bartolomé aunque aún no se acostumbra a su cambio de vida. Su tía le ha comprado unos zuecos y ella que jamás se había caído de unos tacones no para de tropezar con ellos. Ninguna de sus cosas vale ahora. El hábito no hace al monje pero por algún sitio había que empezar había dicho la tía.
La decisión del padre Balbuena de tomar a Rosita de criada había sido un gran escándalo en Madre de Dios, pero pronto pasó. La recta actitud del Padre que siempre había sido muy querido y el aspecto pazguato que adquirió Rosita con sus nuevas ropas, sepultaron rápidamente la expectación de que aquella mujer hermosa como una bestia fuese a vivir con un hombre de dios. Para Alfonso Balbuena fue como un milagro, la materialización de sus deseos más ocultos. La primera vez que vio a Rosita fue un domingo de Gloria. En el momento de la consagración elevó la hostia y entre la masa oscura que agachaba la cabeza distinguió a Rosita. Estaba postrada de rodillas como el resto, pero en vez de humillar la cabeza tenía elevado el rostro y miraba fijamente la forma. Alfonso sintió que toda la divinidad del dios se hacía carne en aquellos ojos negros. Después la buscó siempre, todos los domingos, pero no la volvió a ver. Aún así en el momento de la consagración siempre veía su cara de virgen dolorosa.
Fue una tarde cuando la volvió a encontrar semanas después de la prohibición. Venía de dar el viado a un enfermo cuando vio pasar el carro. No pudo evitar una oleada de asco y vergüenza cuando sintió la rebeldía de su carne dormida. Pero entre todas aquellas mujeres provocadoras e infinitamente tristes, distinguió de nuevo a la virgen morena que se bamboleaba de lado a lado con el traqueteo del carro. Jamás como entonces sintió la prisión de sus hábitos. Quiso correr hacia el carro y bajarla en volandas pero permaneció de piedra y detestó como nunca aquella sotana negra que le volvía medio hombre. Aquella noche fue a la calle Evitamiento. Vestido con algunas ropas de antes de ser cura, espío a Rosita desde las sombras hasta el amanecer, testigo mudo de su devenir con unos y con otros. El día siguiente fue un día gris de zarpazo de fiera y sabanas muertas, pero a la noche ya la cabeza estaba clara. Tras unas pocas averiguaciones, se presentó en la casa de la tía de Rosita. Desde entonces Rosita es un modelo de recatamiento y barre el suelo de San Bartolome a diario, aunque a veces cuando nadie la ve aún se pone sus tacones.

4 comentarios:

Pedro dijo...

Tu narrativa es hipnótica y cautivadora. Las aventuras de Rosita en Madre de Dios están quedando a una altura de vértigo. No lo dejes.
Un beso.

Atlántica dijo...

Es una historia buenísima.
Qué imaginación, niña...

... Para cuándo más?????

Besazos!!!!!

M.M. dijo...

Ariadna, tu prosa es de lujo. Siempre nos quedamos con "el que vendrá después".

Es un placer leerte.

Un abrazo.

Maya

La Gata Insomne dijo...

Amiga,ando medio de incógnita, decidí que hasta no tener banda ancha, no blogeaba, pero me vine de curiosa y me quedé pegada
te felicito, eres realmente maravillosa escribiendo, este texto es de lujo

muchos besos