jueves, 28 de abril de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
martes, 8 de febrero de 2011
Anatomía de un vagón
Número de pasajeros 34
Porcentaje de pasajeros varones 62%
Número de personas que leen: 5 (todas mujeres)
Número de personas que miran un catálogo de aspiradoras: 2
Número de personas conocidas que fingen no verme: 1
Número de personas cuya lengua nativa no es el español: 7
Pasajeros que miran a otros pasajeros desconocidos: 2
Número de personas que escriben: 1
Incidentes: 0; Interacción: 0; Palabras: 0
lunes, 24 de enero de 2011
Extraños en un tren
Viajo en tren. Un paisaje infinito discurre por la ventanilla de mi asiento. El traqueteo incesante me va relajando y sería fácil caer en un sopor dulce, pero no duermo. Me ha tocado el peor sitio. Ocupo una butaca de las cuatro que hay enfrentadas, separadas por una pequeña mesa. Todos los asientos están ocupados. El viaje me permite por unas horas observar de cerca a tres desconocidos. Escruto el rostro dormido de la pasajera de mi derecha. Debe tener 35 años, sin embargo el pelo corto y su cuerpo menudo la hacen parecer mucho más joven, casi una niña. La miro largo rato y asisto a sus gestos infantiles de niña durmiente. Se acurruca en el abrigo. Tiene frío. Los ojos apretados, fuerte. La señora de enfrente está absorta en la película, una comedia romántica americana. Debe tener 50 años, es guapa pero el tiempo comienza a desdibujar su rostro. Cuando ha llegado, ha saludado muy educada y se ha sentado estudiando cuidadosamente la posición de sus pies, para no chocar con los míos. Mentalmente le ha dado las gracias. Ahora está completamente metida en la película. En un par de ocasiones sus ojos verdes se han llenado de lágrimas y alguna ha rodado mejilla abajo, sin disimulo. Es bonito verla llorar. A su lado un joven de gesto serio y concentrado lee sin parar en la pantalla de su ebook. A pesar del frío (es diciembre) solo lleva una camiseta negra, por la que asoman unos brazos sin vello de piel blanquísima. Recorro su rostor de piel delicada que promete unos ojos claros y choca de lleno con la dureza negra de los suyos. Parece escapado de otro siglo. Lee sin parar durante todo el viaje. En ningún momento duerme o presta atención a la película o al paisaje que se desliza tras el cristal de su ventanilla. No me mira. Sus ojos solo están pendientes de las páginas sin vuelta de su libro.
Es extraña está intimidad que compartimos por unas horas y que permite ver de ellos lo que a muchos sin duda les esta vetado. También ellos ven de mí y se inclinan con disimulo sobre las páginas de este cuaderno, preguntándose si escribo un diario. Inquietos cuando ven que me detengo y elevo los ojos del papel y los fijo ausente en ellos. Caminos que se cruzan en un instante en el espacio y que el mismo azar volverá a separar. Desconocidos protagonistas de historias inimaginables, capaces de las mayores fechorías, de las mayores proezas, de los más arriesgados saltos.
lunes, 3 de enero de 2011
martes, 28 de diciembre de 2010
Náufragos del asfalto
Fotografía de Luis Camacho del proyecto Náufragos del asfaltoEstaba invariablemente allí. Daba igual que día fuese. Al despertar y subir la persiana de mi habitación por la mañana, lo encontraba siempre sentado en la acera de enfrente, por temprano que fuese. Yo no entendía por qué se ponía allí y no en la esquina un poco más arriba, donde estaba los comercios y había más gente. Era mayor pero era difícil precisar cuánto. Tenía un rostro enjuto, enmarcado en cabellos grises que el aire y la intemperie habían ajado. A pesar de que nunca lo ví en pie, se notaba que era alto. Se cubría con una manta por la que escapaban unos largos miembros encogidos. Junto a él descansaba un petate sucio y varias bolsas de supermercado repletas de cosas que encontraba por ahí. A pesar de su mísera condición, tenía presencia, una especie de nobleza natural que transmitía que aunque estuviese mendigando era un señor.
Una mañana desperté y una gruesa manta de agua caía del cielo. A través del cristal cubierto de gotas le ví. Ahí estaba, en la acera de enfrente, empapado e inmóvil bajo la lluvia. Sin pensarlo tomé un paraguas de mi padre y bajé a la calle. Se lo entregué abierto y le dije "Para que no se moje" Me miró con extrañeza y lo tomó sin decir palabra. Crucé la calle corriendo bajo la lluvia y volví a mi casa. Miré por la ventana y volví a verlo. Había cerrado el paraguas.



