jueves 26 de noviembre de 2009
lunes 16 de noviembre de 2009
Castigo II
A los trece años descubrí los placeres secretos de la crueldad femenina. Aquel verano no sólo yo parecía haber despertado del aletargamiento de mi infancia. Mis hermanos y primos, que rondaban la veintena, andaban enzarzados en un tira y afloja constante con las muchachas del pueblo. Pasaban de las burlas a las confidencias de la noche a la mañana. Para luego volver a las críticas feroces y los desplantes, alternados con el asedio. Yo observaba mudo estos vaivenes sin entender el por qué de sus cambios de humor, de tanto secreto murmurado entre dientes y de tanto sopapo lanzado a mi cogote para divertimento de las mozas. Tampoco me hacía sangre con ello ya que el seso y la voluntad los tenía posados constantemente en mi prima Martita.A la primera ocasión que tenía, me liberaba del acicate de mis hermanos y corría a su encuentro. Ella me recibía con frialdad. Aparentaba no reparar en mi presencia fingiendo un aire absorto y ensimismado. Cuando mi figura ya se hacía evidente, se me quedaba mirando con los ojos ardiendo en cólera y me gritaba: "Se puede saber qué miras, imbécil?" Dios, estaba guapísima.
Transcurrido un rato su enfado se iba suavizando. Poco a poco me iba incluyendo en sus juegos, dándome órdenes y encargos que yo cumplía con prolijidad pero que siempre suscitaban su reprimenda. Bronca que yo juzgaba merecida pues al lado de aquella ninfa me volvía un cretino integral.
Martita comenzó a tener gran afición aquel verano a seguir en secreto las andanzas de mis hermanos. Yo que, reconozcámoslo, siempre he sido un cagón, me horrorizaba ante la aventura y no hacía más que temer el momento en que nos descubriesen. Ella trataba de infundirme ánimo dedicándome insultos con los que yo sé quería inflamar mi espíritu, pero que por más que me esforzaba caían en saco roto.
Una tarde que andábamos jugando en la habitación de la abuela, sentimos derepente un golpe en la puerta. El golpe no era como el del que llama sino más bien como si algo hubiese chocado contra la madera. Sobresaltados corrimos a ocultarnos bajo la cama ya que la abuela nos tenía prohibido andar enredando por allí. Desde el suelo Martita y yo vislumbramos dos pares de piernas que torpemente avanzaron por la habitación hasta chocar con la cama. Yo reconocí los bajos del pantalón de mi hermano Iñaki, acompañados de unos tobillos desnudos. Estaba aterrado. El corazón me latía tan fuerte que pensaba que en cualquier momento mi hermano me descubriría. Tan nervioso estaba que al principio ni sentí la presencia del cuerpo de Martita próximo al mío. Sobre la cama parecía librarse una azarosa batalla cuyos golpes y reveses se veían reflejados en las flexiones del somier que en ocasiones me rozaba la nariz. Se oían gemidos y gritos sofocados. En un momento me pareció entender alguna de las palabras que mi hermano mascullaba pero el zumbido de mi propia sangre no me permitía escuchar. Derepente oí una risa en mi oído y al instante tomé consciencia de la presencia de Martita. Al contrario que yo, no parecía tener miedo y más bien luchaba con fuerza por reprimir las carcajadas. Parecía estar muy excitada y se retorcía pegada a mi cuerpo agarrotado por el pánico. Yo sentí un nuevo sobresalto al pensar que si seguía riéndose mi hermano no tardaría en descubrirnos, así que en un gesto instintivo le tapé la boca con la mano. Su cara estaba ardiendo. Martita con una rapidez pasmosa me dio un mordisco por lo que retiré la mano al instante. La miré. Parecía furiosa. Sus ojos tenían un brillo casi diabólico y la cólera le curvaba los labios en un gesto de crueldad que no le había visto nunca. Con ferocidad felina comenzó a pellizcarme por todo el cuerpo. Yo sentía sus diminutas uñas clavarse en mi carne y retorcer mi piel dolorida. Quería gritar, hacer algo pero me sentía paralizado por el miedo a que mi hermano nos descubriese y soportaba su tormento quieto, sin apartar la vista de su rostro. Estaba transfigurada, aunque la penumbra de la cama no me dejaba ver bien sus rasgos sentía su respiración agitada y veía sus labios dibujados a contraluz en aquella mueca extraña que era un enigma. La furia de mi prima parecía recrudecerse con mi pasividad y en un arrebato desvío su mano torturadora a mi entrepierna. Instintivamente le di un rodillazo en el estomago que provocó su aullido. ¿Qué ha sido eso? Oí que exclamaba una voz femenina y al unísono sentí los pies de mi hermano sacándome a patadas de debajo de la cama. Te voy a moler a palos, enano pervertido, gritaba mientras sus cogotazos llovían sobre mi cabeza.
A partir de aquel día Marta y yo no volvimos hablarnos pero nunca he olvidado aquel gesto maligno de sus labios.
Lo busco en todas.
Foto de Guiselita. Flickr
lunes 9 de noviembre de 2009
Buena nueva

Esta vez no erraré el tiro. Se dice Juan apostado en la azotea de su edificio. Desde esa esquina puede atisbar a cualquiera que se acerque. Se aferra a la vieja carabina y mueve un poco las piernas entumecidas. Lleva casi una hora en la misma posición. Ha desmontado y limpiado el arma con precisión de miniaturista. No, no va a fallar. Con ojos ansiosos, escruta el cielo. Una sombra se acerca. Al principio no es más que un punto pero en seguida se definen los contornos de un ave grande. En un latido Juan dispara y la cigüeña cae en picado. Ya es de noche.
jueves 5 de noviembre de 2009
domingo 1 de noviembre de 2009
Misión
El hombre luce una inquietante sonrisa. “¿Hay algún problema?” Dice ella en un inglés casi inaudible. El hombre no contesta y vuelve a repasar con detenimiento la foto del pasaporte y su rostro como si se tratase del juego de las diferencias. Las palmas de sus manos empiezan a sudar. Se pregunta si habrán interceptado su equipaje. “¿Es la primera vez que viene a mi país?” Los otros no habían logrado pasar ¿y si ella tampoco? “Sí, la primera” No importaba. Tarde o temprano alguno pasaría. Sin abandonar su siniestra sonrisa, el hombre parece cotejar algún dato. Ella desgrana los segundos retorciéndose los dedos “Bienvenida. Siguiente”
miércoles 28 de octubre de 2009
Castigo I
No sé a qué edad me di cuenta de lo mío, pero ya de pequeñito me gustaba. Mi madre que era gallega y de natural amable, apenas me riñó durante la infancia porque yo, siempre fui un niño muy quieto que rivalizaba en bondad con los querubines y que a diferencia de mis hermanos que me sacan dos lustros, no te enterabas de que tenías niño. Fue esta bondad innata de mi persona la que me hizo ser blanco de burlas y vejaciones desde que tengo recuerdo. Yo asumía estos quebrantos con una suerte de resignación, no diré que cristiana porque de Dios nunca he tenido noticia alguna. Siempre me sentí poca cosa y que los demás me humillaran me parecía consecuencia natural de mi condición.
Lo mío lo descubrí con Martita. Cada verano nos juntábamos en el pueblo la familia a pasar las vacaciones. Los únicos pequeños éramos Martita y yo, rezagados e inesperados vástagos de nuestra estirpe. Yo a Martita le llevaba dos años por lo que en general la consideraba una cosa llorona y ñoña que no hacía más que jugar a las muñecas entre las faldas de las hembras de la casa. De ahí mi sorpresa cuando el verano de mis trece años vi llegar a Martita completamente transformada.
Había crecido, tanto que ahora sobrepasaba mi altura. Se le había alargado el rostro y los miembros, que le colgaban un tanto desgarbados. Su pecho era diminuto y aún casi plano a excepción de los pezones que apuntaban un florecimiento próximo e inquietante. Me sentí atraído por ella de inmediato. Ella parecía ser consciente de su cambio físico. Había abandonado casi por completo el carácter infantil, ya no jugaba, y solía deambular alrededor de los adultos ahora sé que consciente de la turbación que provocaba en el sexo masculino. Lo cierto es que era hermosa, pero no con esa belleza fácil que tienen las niñas de mejillas sonrosadas y llenas. Su rostro poseía extraños ángulos que le aportaban un aspecto de madurez desconcertante en una niña aún tan pequeña. Yo no sabía más que andar a su zaga.
Aquel verano dejé mis libros y mis juegos de niño, por seguir el compás de aquella trenza castaña que azotaba su espalda.
jueves 22 de octubre de 2009
Capítulo 3 - Dos bajo uno



