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domingo, 7 de marzo de 2010

La ciudad de N.

Hace tiempo que no hay noticia de ningún viajero que haya logrado llegar a la ciudad de N. Los mercaderes y viajeros inquietos preguntan a los ancianos que dicen haberla conocido. En sus narraciones los abuelos describen con palabras alucinadas una ciudad fabulosa de murallas de puro márfil alzándose hacia el cielo, coronada de 100 torres de alabastro y atravesada por un río de aguas cristalinas como un espejo. Con voz temblorosa y conmocionada, señalan que la belleza de su arquitectura contrastaba con la modestia y la sencillez de sus habitantes que acogían al viajero con gran hospitalidad, de forma que a las pocas horas en la ciudad de N. los viajeros olvidaban su condición de forasteros y se sentían parte viva de la ciudad. Dicen que aquel que la recorría recuperaba el alma de la infancia y sus ojos se vestían de una cándidez desprovista de segundas intenciones. Dicen que el aire de la ciudad de N. era serenidad y dicha.

Todos los que una vez la conocieron intentan regresar pero ya ninguno recuerda el camino y si alguna vez intentan desandar sus pasos, siempre terminan en vías muertas, callejones y precipicios. Por eso la ciudad de N. sólo vive en el recuerdo, con el poder de que aquel que la vió puede reconstruir en su memoria hasta el menor de sus matices, ya que lleva a N. impresa en el corazón.

Dicen que N. es la ciudad codiciada de los dioses que la borraron de la faz de la tierra porque no era digna de ningún mortal.

Dicen que N. no era de este mundo.

Dicen que N. es la ciudad imposible que sueñan todos los caminos.

jueves, 28 de enero de 2010

La ciudad de Esperanza




El viajero que desee alcanzar la ciudad de Esperanza habrá de recorrer un arduo camino. Son 49 jornadas en dirección a oriente las que la separan de aquí y en las que hay que atravesar primero un desierto de sal, luego un páramo azotado por vientos atronadores y finalmente enfrentarse a las caudalosas aguas el río Prou que circunvalan totalmente la ciudad y sobre las que nunca nadie logró construir un puente. Sin embargo no hay que temer ya que el viajero valeroso que realmente anhele llegar a Esperanza, encontrará un oasis en el desierto, refugio donde cobijarse en las frías noches del páramo e ingenio suficiente para convencer al barquero que mora en la ribera del Prou para que le pase a la otra orilla.


Son muchos los que ya a las puertas de la ciudad y tras haber pasado tantas pruebas, se quedan petrificados al descubrir que la ciudad de Esperanza está protegida por una cúpula cristalina de apariencia infranqueable. Muchos se dejan vencer por el desánimo pero son sólo los intrépidos y curiosos que se acercan a presenciar de cerca este artificio los que descubren con sorpresa que esta cúpula es de agua jabonosa. La ciudad de Esperanza está suspendida en el centro de una inmensa pompa de jabón que los viajeros atraviesan sin dificultad ya que el camino les ha vuelto ligeros enseñándoles cuál es el peso exacto de la vida. Ya en la ciudad es imposible distinguir a forasteros de los esperantinos. Todos están revestidos de la misma expresión de dicha contenida que les otorga el saber que Esperanza es la ciudad dónde comienzan todos los caminos.