No se le ocurría una forma mejor de celebrar el día del libro que irse a la cama pronto con uno. Apagaría todas las luces salvo la lamparita de la mesa de noche para que la habitación tomase el ambiente adecuado, traería una nube de cojines del sofá y los pondría en la cama para poder recostarse de la manera más cómoda. Luego se metería desnuda en la cama y adoptaría su postura preferida: Acostada sobre el lado derecho, una mano sujetando el libro y la otra entre la cálidez de sus muslos, la rodilla izquierda flexionada como protegiendo el pubis y la otra pierna muy extendida, tanteando con los dedos la suavidad de la sábana aún fría. El ojo izquierdo cerrado para enfocar mejor, el derecho con un laberinto de letras creciéndole bajo el párpado. Sin apenas notarlo, poco a poco, su piel se disolvería, no sentiría su carne ni sus huesos, abandonaría identidad y cabellos, no sería nada, sería todos. Al menos mientras el libro le ganase la batalla al sueño podría sentir lo que hubiese sido vivir otra vida.

