Fotografía de Luis Camacho del proyecto Náufragos del asfaltoEstaba invariablemente allí. Daba igual que día fuese. Al despertar y subir la persiana de mi habitación por la mañana, lo encontraba siempre sentado en la acera de enfrente, por temprano que fuese. Yo no entendía por qué se ponía allí y no en la esquina un poco más arriba, donde estaba los comercios y había más gente. Era mayor pero era difícil precisar cuánto. Tenía un rostro enjuto, enmarcado en cabellos grises que el aire y la intemperie habían ajado. A pesar de que nunca lo ví en pie, se notaba que era alto. Se cubría con una manta por la que escapaban unos largos miembros encogidos. Junto a él descansaba un petate sucio y varias bolsas de supermercado repletas de cosas que encontraba por ahí. A pesar de su mísera condición, tenía presencia, una especie de nobleza natural que transmitía que aunque estuviese mendigando era un señor.
Una mañana desperté y una gruesa manta de agua caía del cielo. A través del cristal cubierto de gotas le ví. Ahí estaba, en la acera de enfrente, empapado e inmóvil bajo la lluvia. Sin pensarlo tomé un paraguas de mi padre y bajé a la calle. Se lo entregué abierto y le dije "Para que no se moje" Me miró con extrañeza y lo tomó sin decir palabra. Crucé la calle corriendo bajo la lluvia y volví a mi casa. Miré por la ventana y volví a verlo. Había cerrado el paraguas.





