El metro es el lugar perfecto. Es allí donde más veces he estado cerca de ellas. En plena hora punta por las mañanas, cientos, miles de ellas se dirigen a sus trabajos. Son tantas. Yo aprovecho la aglomeración para acercarme. La mayor parte fingen no verme, los rostros ausentes y la mirada pérdida en la oscuridad del vagón. Pero yo las miro, las miro siempre, es mi oportunidad de observarlas de cerca. Míralas. Sé que ellas se dan cuentan, evitan mis ojos, pero leo en sus rostros. Se despiertan cada mañana y escogen cuidadosamente su ropa, su peinado, se maquillan y luego pretenden no querer que las mire. Mira a esa serán puta. Pero sí yo sé qué es lo que quieren. Me quedo mirando a una fijamente. Por supuesto se da cuenta desde un principio, finalmente no puede resistirse y me mira. Es un instante de fuego. Me observa con desprecio como si fuera un perro e inmediatamente vuelve a girar el rostro. No sé quien se han creído que son todas esas zorras, con su maldito aire de superioridad. Son rastreras. Llevo buscando años, a alguna distinta, alguna que al mirarme refleje bondad o simpatía, pero es imposible, no hay nada bueno en ellas. No, hasta tu madre era una harpía. Esta mañana he estado mirándome un rato en el espejo y no hay nada en mí, son ellas. Eres un hombre absolutamente normal. Me he visto de repente mayor y cansado, muy cansado. Tú te mereces descansar. ¡Pero no puedo! Esas malditas no me dejan, toda mi vida gira en torno a ellas. Hoy es el día. Espero en el andén hasta que va llegando gente. Las distingo de lejos, hay muchas. La más guapa, tiene que ser la más guapa. No sé cuál es la más guapa. Búscala. Pero sí ya la veo, parece que flote sobre el suelo. Es delgada y alta, lleva un abrigo azul. Solo puedo ver su perfil, pero es muy hermosa. Date prisa. Se detiene próxima al borde del andén, echa una ojeada a ambos lados consulta su reloj. Me acercó por detrás. Se oye el ruido del tren que se acerca. A qué esperas no pierdas ni un segundo. La agarro por los hombros y la empujo. Gira la cabeza y me clava sus espantados ojos en silencio. Sus ojos.
martes, 27 de enero de 2009
Metro
El metro es el lugar perfecto. Es allí donde más veces he estado cerca de ellas. En plena hora punta por las mañanas, cientos, miles de ellas se dirigen a sus trabajos. Son tantas. Yo aprovecho la aglomeración para acercarme. La mayor parte fingen no verme, los rostros ausentes y la mirada pérdida en la oscuridad del vagón. Pero yo las miro, las miro siempre, es mi oportunidad de observarlas de cerca. Míralas. Sé que ellas se dan cuentan, evitan mis ojos, pero leo en sus rostros. Se despiertan cada mañana y escogen cuidadosamente su ropa, su peinado, se maquillan y luego pretenden no querer que las mire. Mira a esa serán puta. Pero sí yo sé qué es lo que quieren. Me quedo mirando a una fijamente. Por supuesto se da cuenta desde un principio, finalmente no puede resistirse y me mira. Es un instante de fuego. Me observa con desprecio como si fuera un perro e inmediatamente vuelve a girar el rostro. No sé quien se han creído que son todas esas zorras, con su maldito aire de superioridad. Son rastreras. Llevo buscando años, a alguna distinta, alguna que al mirarme refleje bondad o simpatía, pero es imposible, no hay nada bueno en ellas. No, hasta tu madre era una harpía. Esta mañana he estado mirándome un rato en el espejo y no hay nada en mí, son ellas. Eres un hombre absolutamente normal. Me he visto de repente mayor y cansado, muy cansado. Tú te mereces descansar. ¡Pero no puedo! Esas malditas no me dejan, toda mi vida gira en torno a ellas. Hoy es el día. Espero en el andén hasta que va llegando gente. Las distingo de lejos, hay muchas. La más guapa, tiene que ser la más guapa. No sé cuál es la más guapa. Búscala. Pero sí ya la veo, parece que flote sobre el suelo. Es delgada y alta, lleva un abrigo azul. Solo puedo ver su perfil, pero es muy hermosa. Date prisa. Se detiene próxima al borde del andén, echa una ojeada a ambos lados consulta su reloj. Me acercó por detrás. Se oye el ruido del tren que se acerca. A qué esperas no pierdas ni un segundo. La agarro por los hombros y la empujo. Gira la cabeza y me clava sus espantados ojos en silencio. Sus ojos.
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miércoles, 21 de enero de 2009
miércoles, 14 de enero de 2009
Cartas de Abel
Escribirte es gris y doloroso. Me habría gustado amarte de corazón como la naturaleza y Dios dicen que sea, pero no es fácil. Te amo, sí, pero de una forma espinosa, en la que mis pequeños odios, mis rencores hacia ti, se clavan en mis carnes multiplicados cien veces.Eres mi sangre, y sin embargo esta misma sangre corre por ríos muy distintos, Sé que debo saber nadar en todas las aguas, pero ya de niño siempre fui inflexible. Recuerdas cuando estricto (y muy pedante) te reprendía cuando hacías trastadas. Tenía muchos años menos, pero creía tener superioridad moral. Ya de niño, me perdía la soberbia. El caso es que tu nunca has puesto las cosas fáciles y a veces tratar de saciar tu infinita demanda de amor es un abismo que se me hace inabarcable. Pero hoy no, aparto mi cansancio, mi intolerancias, mis exigencias, para pedirte perdón por tantos desencuentros. Hoy sólo deseo verte en paz con la vida y todo lo feliz que la gente como tú, como yo, podemos ser en ella.
sábado, 10 de enero de 2009
Gélido
Se acercó a la ventana del salón. Había nevado durante toda la noche y aún ahora que el sol ya comenzaba a despuntar por detrás de las montañas grises, un baile frénetico de pequeños copos surcaba las primeras luces.Todo el paisaje estaba detenido, sumergido en una prisión de hielo y belleza. Los árboles elevaban una maraña de ramas, antes denudas, ahora de un blanco aterciopelado, hacia un cielo plomizo.
El aire estaba quieto.
La nieve virgen cubría todo el jardín. Los arbustos, las plantas, las hojas, los muebles de madera, todo mantenía marcado su contorno y relieve de un blanco luminoso.
Era imposible distinguir la hierba, cubierta por una gruesa capa. Tampoco distinguió el rastro de los levísimos pasos de la muerte en el sendero. Ella ahora esperaba a su espalda a que terminase de contemplar el último amanecer de su vida.
Era precioso
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