Llegó hasta mí de contrabando cuando apenas era una niña. Yo compartía pupitre con Lilia, la chica más enviada de mi clase de los 12 años. Lilia era alta, con aires de gacela y a mi me parecía muy guapa a pesar de los granos. A esa edad la moda era escribir versos en la carpeta compitiendo por quien los tenía más románticos o ingeniosos. Un día Lilia me mostró un poema que empezaba:
Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
Yo abrí mucho los ojos, señal inequivoca de que algo me maravilla y Lilia añadió con voz modesta: "Lo he escrito yo". En aquel momento Lilia se convirtió para mí en un monstruo fabuloso capaz de penetrar el alma humana. Eso sí, nunca comprendí el por qué empleaba el vos o esos tiempos verbales alterados, en fin a quien le importaba, ella era un genio.
Un par de años más tarde descubrí que un señor uruguayo le había plagiado el poema a mi amiga Lilia ¡Qué vergüenza! Movida por la curiosidad leí el resto del libro de poemas de aquel tipo valorando hasta donde podría llegar su desfachatez. Luego leí libros de prosa acerca de alegrías maltrechas y pactos de no agresión con Dios, leí libros de patrias caidas casi en el olvido, leí tanto que Lilia y su carpeta de poemas se alejaron por el bosque brumoso de mis recuerdos, dejando en sus lugar la figura brillante de un señor con apellido italiano
Pasaron los años y una noche un muchacho en una discoteca me recitó al oido un poema que decía "No te salves". Yo ya estaba prevenida y supe al instante que el mérito no era del muchacho, me recordé a mí juiciosamente que en aquel momento el plus emitía 8 pases del "El lado oscuro del corazón", y me enamoré de él con gana y me desenamoré de él (otra Lilia al fin) poco después a conciencia. En esa película no pude dejar de fijarme en el entrañable señor que con gran pasión le recitaba poemas en alemán a una señorita en el burdel donde se encontraban los protagonistas ...
Lo años pasaron y esta vez me toco conquistar a mí y seguí las recomendaciones del que ya se había convertido consejero en la sombra y te miré mucho tiempo y memoricé uno a uno los lunares de tu piel y construí con palabras y aprendí como eras y te quise como eras ya de lejos hasta que llego la suerte y un día me necesitaste y fui y sigo a tu lado y aun a veces, desnuda y en lo oscuro, puedo desbaratar la muerte.
Hace unos años acudí casi en peregrinación a la feria del libro, para encontrar a áquel que tantas pinceladas de color me había regalado sin saberlo. Tras una cola de hora y media bajo el cruel sol madrileño, llegué frente a él con mi pila de libritos negros. Me entristecí de primeras porque le encontré desdibujado, los años y la enfermedad había dejado huella en él. Llevaba un feo moratón en la frente. Pero cuando le extendí mi libro alzó la mirada y me preguntó el nombre y una luz pícara se asomo a ellos tan llena de vida como la que muchos no se atreverán nunca a vivir. Me dedicó tres palabras escasas pero que rebosaban de ternura e inteligencia.
Hoy se ha ido volando como un gorrión, pero dejando una huella de pájaro en muchas vidas y la mía sigue y estoy segura de que llegarán muchos momentos que podré vivir al arrullo de sus letras y solo puedo darle las gracias, aunque me deje un poco huérfana