martes, 17 de junio de 2008

Coup de coeur



Lo nuestro es un flechazo. Nada más verla sé que es ella. Sin embargo remolonea, pasea su mirada distraída por el resto de ejemplares, los acaricia con la punta de los dedos. De vez en cuando abre uno y lo estudia detenidamente unos segundos, frunciendo el ceño como si estuviese muy concentrada, pero al instante lo abandona. Pasado un rato ya no finge y se acerca donde estoy. Me aprieta contra el pecho como una colegiala y se encamina a la caja. No puede esperar a casa y en el metro comienza a devorarme. El mundo a su alrededor se desvanece y sólo existo yo, rescatándola de su vida, redibujándola a cada palabra que leen sus ojos. No existe más tiempo ni espacio que el que marcan mis páginas. Al cerrar la última, una lágrima corre por su mejilla y moja mi cubierta. Aún siento el temblor de sus manos

viernes, 6 de junio de 2008

Madre de Dios IV

427, 428, 429… La Casa de las Flores esta a 532 pasos de su casa, a 480 si va descalza. La calle Evitamiento es un lugar polvoriento en medio de la nada a 6450 pasos de la casa de Rosita y así como a un millón de pasos de las campanas de San Bartolomé. Uno no puede andar tanto para ir a trabajar, pero ya hay quien ha encontrado remedio. Al caer el sol un carrero recorre las calles de Madre de Dios para llevarlas a Evitamiento. Es una comparsa alegre que va seguida de niños. Algunas mulatas van con los pechos al aire y van saludando con la mano y tirando besos a los hombres que se asoman a las puertas de las tabernas para verlas pasar como si fueran las reinas de la fiesta. Los chicos las insultan y a veces les tiran piedras. Los más audaces cogen carrerilla y suben al carro intentando pellizcar un pecho o una nalga hasta que las más viejas los corren a empellones. Rosita va apiñada entre ellas. No le gusta Evitamiento. La tía anda buscando casa por allá para que no tenga que ir en el carro, pero Rosita no quiere. Está demasiado lejos. Los hombres también han cambiado. Llegan con el gesto torcido y con una sed muy grande que ya no saben con que apagar. Tras encuentros rápidos y violentos, algunos terminan llorando, ahogados en aguardiente y lágrimas entre los pechos de sus amantes de pago. El último día la Dueña la despidió con lágrimas en los ojos y la besó como a una hija. Fue un larga noche de juerga, como si se fuese a terminar el mundo. Vinieron todos lo viejos clientes, hasta algunos que hacía años que no venían. Corrió el vino y al amanecer la Dueña sacó ropavieja y caldo e invitó a todo el mundo. Rosita gano mucho esa noche pero apenas le quedaba tiempo para estar en el salón. En el salón está Gerardo. Le dicen el mudo porque nunca habló, pero nadie sabe si no puede o es que no quiere. Sordo no es, porque toca el piano como los ángeles. Rosita le sonríe desde su rincón y él toca melodías briosas haciendo bailar los dedos sobre las teclas blanquinegras. La última noche no paró de tocar y aunque tocaba aires de fiesta a Rosita todos le suenan tristes. Tumbada en la cama, empapada en sudores ajenos, mira el techo mientras la música la recorre como un dulce lamento. Esto piensa Rosita en el carro. Piensa en la Dueña, retirada del negocio ya, piensa en los pelos de la espalda del doctorcito, piensa que los viejos todos huelen igual y piensa en los dedos bailarines de Gerardo el mudo.