
Madre de Dios es una flor dormida. Las piedras de sus muros no reflejan nada de las vidas que laten en su interior. Una flor de sangre que hay que deshojar con cuidado para no desvelar los secretos que esconden sus pétalos. A primera vista parece una de tantas, solo una ciudad más perdida en el altiplano, pero hay que ser madreño para entender la maldición del viento constante, la desesperanza de vivir en una tierra sin río que corra y se lleve las penas. Una ciudad en el altiplano con caminos que llevan a ninguna parte. Con la mina al fondo, mirándola de lejos. Los agujeros de las galerías ávidos de hombres jóvenes como bocas hambrientas. Deseando seguir arañando el pecho de mujeres amarillas, que ya no lloran, que su última lágrima hace mucho que la vertieron. Los americanos construyeron el tren, el tren del futuro, el tren del progreso .Proyectaron su trazado a través de montañas y barrancos para sacar el nickel de la mina al mar. Luego la mina se agotó y hace mucho que las vías solo sirven para que jueguen los niños.
Los colonos que la fundaron, la proyectaron para ser la capital del altiplano. Luego, los Jesuitas erigieron San Bartolomé con destino de catedral. La coronaron de cúpula, dos campanarios, y unas naves que podrían albergar a 3000 almas aunque los madreños no han logrado si quiera ser una. Sus muros cubiertos de guano se elevan hacia el cielo como el grito de un loco desesperado, recogiendo el latido de Madre de Dios, preguntándose que pintan allí en mitad de un pueblo tan miserable. En su interior resuenan los pasos del padre Balbuena que también se pregunta a menudo que hace allí. El nació en pueblo con mar. Con un puertito con velas y mujeres morenas que se sentaban a las puertas de sus casas a remendar las redes. Fue su madre la que se empeñó en que niño Alfonsito se consagrase a Dios y se hiciera padre. El lo aceptó sin más, como el que nace cojo o es bizco y ha de conformarse. Hace tiempo que ya Dios no le contesta cuando eleva hacia él sus cuitas y en el vacío de su corazón resuena con fuera un nombre: Rosita
Los colonos que la fundaron, la proyectaron para ser la capital del altiplano. Luego, los Jesuitas erigieron San Bartolomé con destino de catedral. La coronaron de cúpula, dos campanarios, y unas naves que podrían albergar a 3000 almas aunque los madreños no han logrado si quiera ser una. Sus muros cubiertos de guano se elevan hacia el cielo como el grito de un loco desesperado, recogiendo el latido de Madre de Dios, preguntándose que pintan allí en mitad de un pueblo tan miserable. En su interior resuenan los pasos del padre Balbuena que también se pregunta a menudo que hace allí. El nació en pueblo con mar. Con un puertito con velas y mujeres morenas que se sentaban a las puertas de sus casas a remendar las redes. Fue su madre la que se empeñó en que niño Alfonsito se consagrase a Dios y se hiciera padre. El lo aceptó sin más, como el que nace cojo o es bizco y ha de conformarse. Hace tiempo que ya Dios no le contesta cuando eleva hacia él sus cuitas y en el vacío de su corazón resuena con fuera un nombre: Rosita

