He estado viendo esta noche la Soulería de Pitingo y no tengo palabras...que todo el que pueda que vaya a verlo!! Dos horas inolvidables
miércoles, 26 de diciembre de 2007
domingo, 23 de diciembre de 2007
lunes, 17 de diciembre de 2007
Contrapunto

“Mi miedo empezó contigo. No, no es verdad, antes había tenido otros miedos, todo el mundo los tiene. Son fantasmas que acechan desde las esquinas: miedo a llegar tarde al trabajo, a los extraños, a la muerte, a que alguien descubra lo que realmente eres y no te quiera a su lado, no sé, miedos comunes, lo que todo el mundo teme. Pero el auténtico terror, ese que te paraliza el pulso y hace que un ejército de hormigas te suba por las tripas, ese lo sentí en el momento en que aquel trozo de cartón se tiñó de rosa confirmándome lo que yo ya sabía. Desde ese día no puedo dormir y entiéndeme no es que no te quiera, no, es que es difícil asumir esta metamorfosis que sufre el universo, el universo entero concentrado en mi cuerpo. Mi cuerpo, antes aliado, ahora me parece ajeno, invadido de cientos de sirvientes displicentes y atareados, que me ignoran como a un loco. Mi cuerpo campana hueca donde resuena imparable tu vida. Tu vida, cómo será, me aterra sólo pensar la influencia enorme que voy a tener en ella. Vas a ser mío, solo mío. Si me viera mamá, debo de ser un monstruo, una de esas anormalidades que a veces la naturaleza permite. Millones de mujeres paren hijos todos los días y yo me siento extraña. Asombrada ante la idea de que estos pechos, terriblemente bellos que decía Julio, van a dar leche. Él aún no lo sabe, pero tranquilo, te quiso antes de que ni siquiera existieses.
Estoy asustada y temo que mis pensamientos puedan detener el milagro de tu vida. Porque eres un milagro, eso lo sé, a pesar de mí lo eres”
Estoy asustada y temo que mis pensamientos puedan detener el milagro de tu vida. Porque eres un milagro, eso lo sé, a pesar de mí lo eres”
Laura escribía estas palabras inclinada sobre la mesa del estudio. Los últimos rayos de sol entraban oblicuos por la ventana bañando la habitación con una luz de cuento. Una luz de siesta y oro que envolvía la trepidante carrera mental de Laura con un tinte de sueño. No levantó la cabeza del cuaderno cuando Julio apareció a su espalda y se detuvo vacilante en el umbral de la puerta del estudio. ”Ahí está, escribiendo como siempre” pensó mientras se asía trémulo al picaporte de la puerta. Se había dicho así mismo que lo iba a hacer bien, que los años juntos merecían que diera la cara, que ella lo merecía. Pero todos sus argumentos se desplomaron llegado el momento. Lo cierto es que era un cobarde, no era capaz de enfrentar el fuego de aquellos ojos negros distraídos ahora en la caligrafía, sólo pensar que podía darse la vuelta y verle allí parado como un pasmarote le aterraba. Con cuidado para que no le oyese, se dirigió a la puerta de la calle por el pasillo. Aquella mañana había bajado las maletas al coche mientras ella estaba en la oficina, había sido una buena idea así evitaría una escena. Sacó del bolsillo la carta doblada que había escrito por si al final le flaqueaban las fuerzas. No se sentía culpable, bueno un poco sí, pero se aferraba a la idea de que era ella la que había provocado aquella situación. Nunca había querido tener hijos la verdad era esa, era demasiado egoísta, claro que nunca lo había reconocido. Los primeros años no importó, eran tan jóvenes y cuando ella le decía que esperasen no se alarmaba, había mucho tiempo. Pero cuando el tiempo empezó a apremiar ella no quiso, vale, es cierto no pudo, pero en el fondo no quería. Eso hizo que su amor se fuera consumiendo cada día un poco hasta que una mañana amaneció convertido en polvo. Fue el día que conoció a Alicia.
Dejó la carta sobre la mesa del comedor y le echó una última mirada a su salón, realmente no iba a echar de menos nada de todo aquello.
Laura se sobresaltó con el ruido de la puerta:- ¿Julio?
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sábado, 8 de diciembre de 2007
Paraguas
No sé utilizar paraguas por eso cuando las gotas de lluvia empezaron a dejar un cerco oscuro en la chaqueta de Luis, mi primer instinto fue el de correr. “¿Llevas paraguas?” Y yo contesté que no, pero el maldito paraguas estaba allí delator y evidente, colgado de mi brazo. Lo abrí con torpeza y mi cuerpo adquirió la misma actitud envarada de su estructura, cuando Luis se me aproximó. Situé el paraguas en medio, delimitando claramente el espacio que nos correspondía a cada uno, debajo de la tela irisada. Así recorrimos unos metros, yo con el antebrazo retirado del cuerpo evitando el menor contacto con el cuerpo de Luis, Luis luchando por evitar los golpes que yo le iba dando en la cabeza con su estructura. “¿No prefieres que lo lleve yo?” Dijo Luis quitándome el paraguas de las manos, sin esperar respuesta. “Anda ven aquí” Tomó con soltura la empuñadura del paraguas con la mano derecha y la izquierda la situó en mi espalda a la altura de mi cintura, rodeándome levemente con su brazo. Yo notaba el calor de aquella mano a través del paño del abrigo y por primera vez mi cintura hasta entonces camuflada por varios kilos de grasa, me pareció, leve, brevísima, de avispa, bajo la presión de aquella palma masculina.
Luis estaba hablando de alguien de la oficina, uno de los vejestorios de compras, no sé... sus palabras llegaban amortiguadas a mis oídos y me daba igual, no quería escucharlas, solo quería disfrutar de aquel tacto físico y real, de aquella calidez que nacía en mi espalda e irradiaba todos los rincones de mi cuerpo. Recordé el día que apareció en la oficina con zapatos viejos pero recién betunados y una sonrisa capaz de derretir el hielo. Tardamos dos meses en cruzar una palabra.
Tenía que haber tenido más cuidado pero como ya he dicho, no sé utilizar paraguas así que cuando llegamos al restaurante Luis ya me había calado hasta los huesos
Luis estaba hablando de alguien de la oficina, uno de los vejestorios de compras, no sé... sus palabras llegaban amortiguadas a mis oídos y me daba igual, no quería escucharlas, solo quería disfrutar de aquel tacto físico y real, de aquella calidez que nacía en mi espalda e irradiaba todos los rincones de mi cuerpo. Recordé el día que apareció en la oficina con zapatos viejos pero recién betunados y una sonrisa capaz de derretir el hielo. Tardamos dos meses en cruzar una palabra.
Tenía que haber tenido más cuidado pero como ya he dicho, no sé utilizar paraguas así que cuando llegamos al restaurante Luis ya me había calado hasta los huesos
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viernes, 7 de diciembre de 2007
sábado, 1 de diciembre de 2007
Dos cosas...
Hoy sólo paso por aquí para decir dos cosas: La primera, agradecer a todo el que ha tenido una palabra amable en este momento triste para miíy la segunda mi apoyo a Venezuela de todo corazón

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Personal
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